Con Alfabeta llevamos más de un año, y el trabajo se mide en pacientes que llegan. Primero construimos las fuentes de tráfico — búsqueda local por especialidad, un blog clínico que responde a lo que la gente escribe de verdad, una puerta en inglés para quien vive en Barcelona sin hablar castellano — y con ellas una captación de primeras citas que no se ha detenido. Después, cuando la web se quedó pequeña para todo lo que ya atraía, la sacamos de Webflow y la reescribimos en código sin perder una sola posición.
Lo que sigue es el proyecto abierto en canal: qué se pedía, de dónde llegan los pacientes, cómo se cambió de casa sin perder nada por el camino y qué hace cada pieza de la web nueva. En orden, y con los números que se pueden comprobar.
Alfabeta es un centro de psicología, neuropsicología y psicoterapia en Vía Augusta, Barcelona: siete profesionales colegiados, más de diez años acompañando a familias y un 5,0 en Google. Lo que no tenía era una presencia digital a esa altura — sin sistema, sin posicionamiento, dependiendo del boca a boca. El encargo era de captación, pero en salud mental la captación tiene reglas propias: nadie busca psicólogo por curiosidad.
Quien busca psicólogo a las dos de la mañana no quiere que le vendan nada: quiere un nombre para lo que le pasa.
Tráfico que termine en una primera sesión, y que no dependa de pagar por cada clic.
Al rehacer la web, cada URL, cada título y cada frase que ya posicionaba tenía que seguir en su sitio.
Contraste AAA en todo el sitio, sin fogonazos ni prisas, y el movimiento reducido como experiencia completa.
Teléfono y WhatsApp a una sola interacción desde cualquier punto de la web y en cualquier ancho.
La captación de Alfabeta no sale de un anuncio: sale de tener una página para cada pregunta que se hace una familia. Cada área está posicionada por especialidad y por barrio; cada duda que se repite en consulta — el TDAH que se diagnostica tarde, el adolescente que no quiere ir, el duelo que no se acaba — tiene un artículo escrito desde el centro; y cada una de esas páginas termina en una puerta al equipo. El resultado es el que buscábamos: fuentes de tráfico que no dependen de pagar y un goteo de solicitudes de primera cita que no se ha cortado en todo el año.
Escribe lo que escribiría una madre, un adolescente o un adulto que lleva años sintiéndose por detrás. El índice es el de la web real: sus 35 páginas con contenido, con el título y la descripción tal y como están publicados. No es Google — es qué puerta de Alfabeta contesta a esa pregunta.
Webflow nos sirvió para sembrar, pero se había convertido en techo: sin código propio no había control fino del movimiento ni del rendimiento, la página en inglés tenía siete H1, el sitemap arrastraba páginas de tienda con título genérico y la analítica se cargaba sin pedir permiso. Así que la sacamos a código propio con una condición que manda sobre cualquier decisión de diseño: la web nueva no puede perder nada de lo que la vieja ya había ganado. Se capturó el sitio vivo entero y se convirtió en un contrato.
Se puede reordenar todo. Lo que no se puede es perder una frase.
Se llega con ruido — algo pasa y no tiene nombre — y se sale con palabras. Esa es la tesis del sitio, y
no está escrita en ningún titular: está en la letra. La tipografía, Fraunces, se compiló desde el original con
dos ejes que casi nadie usa porque no vienen en las versiones web habituales, SOFT y
WONK. Con ellos, el mismo texto — el mismo nodo, legible e indexable desde el primer
milisegundo — puede estar blando y torcido o firme y preciso. El material visual sale del mismo sitio:
de lo que se produce dentro de la sala.
Un niño que dibuja un león es exactamente eso: poner forma a lo que no tiene nombre.
Una página que se ve igual arriba que abajo se repite. La de Alfabeta recorre once pasos, de la portada al cierre, y cada sección solo declara en qué punto está: de ahí salen el fondo, la tinta, el acento, la superficie, el grano, la fuerza del campo de color y hasta los ejes de la letra, que llega blanda y torcida y se asienta según bajas. Ni un color se elige a mano en ninguna hoja de estilos, y ninguno entra si no pasa AAA. Esto es ese sistema, con sus valores reales: recórrelo.
Contraste calculado en vivo con la fórmula de la WCAG. La raya marca 7:1, el umbral AAA. El verificador del proyecto comprueba diez pares por paso — el vidrio incluido — y el peor de todo el sitio está en 7,34:1.
Capturas reales de la web nueva. Debajo de cada una, la decisión y lo que la sostiene por dentro.
El degradado del manual — solo menta y naranja, mezclados en oklab para que no se enturbien — se pasea despacio detrás de un panel de cristal con el titular que no se podía tocar. Encima, una sola pregunta: ¿para quién? La respuesta te lleva directo al área que toca.
Del campo de la portada se cae al verde hondo de las cifras y de ahí a la menta. Son pasos de un mismo recorrido: las junturas se calculan con el vecino real de cada sección, para que ningún borde se delate. Encima, un teletipo con todo el argumento en una línea: áreas, idiomas, modalidad.
Nada de seis tarjetas iguales: filas con los motivos de consulta como etiquetas — ansiedad, TDAH, duelo,
autoestima —, que son diseño y son superficie de posicionamiento. Al pasar por cada fila, el visor de la
derecha cambia de imagen. Sin una línea de JavaScript: lo resuelve :has().
Cada profesional lleva su número de colegiado como insignia — en publicidad sanitaria es exigible, y es lo primero que mira quien desconfía —. Las fichas son vidrio blanco sobre el campo y abren una página propia que conserva la estructura de la original, con el currículum plegado: un currículum no se busca, se comprueba.
En la web vieja, lo que la gente de verdad busca — «dificultades de aprendizaje», «terrores nocturnos» — estaba plegado dentro de una pregunta frecuente. Ahora es una sección propia: una lámina de vidrio con dos columnas. La pregunta pasó a ser el titular, así que no se perdió ni una frase.
El activo visual que ninguna otra consulta puede enseñar es lo que pasa dentro de la sala: dibujos a lápiz, lápices cruzados, folios sobre la mesa. De ahí salen las imágenes de las interiores y las portadas de los artículos, recortadas del mismo archivo.
Quien llega buscando «TDAH en adultos» lee la respuesta entera y, al final, encuentra al equipo que la escribió: «¿Te has reconocido en este artículo?», con la especialidad concreta que lo atiende y la primera sesión sin compromiso. No es un banner genérico: cada artículo tiene la suya.
No cuatro comillas iguales: cada opinión va rotulada por lo que resuelve — el proceso, la primera vez, el trato —, para que quien duda encuentre la que responde a su duda. Pasan en una cinta continua de vidrio, con los bordes fundidos para que no parezca que se cortan.
Una búsqueda así se hace con el teléfono en la mano. El sistema es el mismo en 390 píxeles: la cabecera se queda con el teléfono y «Pedir cita», el WhatsApp se presenta solo — una vez por sesión, no por página, y en el verde de la marca, no en el de la aplicación — y un artículo se lee sin nada que estorbe.



Ninguna es un efecto: cada una traduce una necesidad del centro, o de quien lo busca, a una regla que el código cumple.
41 URLs, títulos, metadescripciones y cada frase del cuerpo, comprobados por un verificador que falla si falta una sola. Reordenar se puede; perder, no.
El color deja de ser un detalle y pasa a ser el suelo del sitio; paneles crema redondeados lo hacen habitable. Los golpes son el verde hondo y el marrón del manual: los únicos de la carta que portan texto en AAA.
Un verificador recorre los once pasos; otro abre la página en Chrome, la baja con scroll y compara cada texto con los píxeles que tiene debajo, porque el campo se mueve y el vidrio mezcla.
Dibujos, lápices y folios reales como material visual de las interiores y del blog: lo único que ninguna otra consulta puede enseñar.
Teléfono y cita en la cabecera en cualquier ancho, una puerta al final de cada artículo y un WhatsApp que se presenta una sola vez por sesión.
Consentimiento propio, sin plataformas de terceros: la analítica solo se carga con permiso y en modo básico, con el criterio más estricto de la AEPD.
Dos etapas: un año sembrando, y un cambio de casa con el contrato por delante. Cada fase cerró algo que condicionaba a la siguiente.
Alfabeta no necesitaba una web más bonita: necesitaba que quien llega con ruido saliera con un nombre y una cita. El año de captación nos dio el mapa de lo que la gente busca; la web nueva está hecha para no perder ni una de esas puertas, y para que cada una se lea igual de bien a las dos de la mañana.