No le hicimos una web a Alcalá Norte: le abrimos la portada del disco y la convertimos en un camino. El óleo de Carle Naide para Dejémoslo como estaba se recorre de abajo arriba. Sales del metro de Ciudad Lineal, trepas el monolito con Arturo Soria, cruzas la calle de las once canciones, entras por el Ojo de Barad-Dûr y llegas al Movistar Arena con el volcán en erupción. Todo se pinta mientras lo miras y todo late al mismo compás.
Lo que sigue es el cuadro por dentro: quiénes son, qué necesitaban, de dónde sale cada decisión y cómo se pinta y late en un navegador. En orden.
Cómo hacemos las webs de este sector: webs para artistas y marcas culturales.
El centro comercial Alcalá Norte abrió en 1999 en la calle de Alcalá, en Ciudad Lineal, con un monolito en la puerta. Veinte años después, tres amigos del barrio quisieron llamar a su grupo como el distrito, pero ese nombre ya lo tenía otra banda. Se quedaron con el del centro comercial donde se juntaban, y con su monolito como logo. Hoy son cinco y hacen post-punk con letras de barrio, de Tolkien y de historia. El segundo disco, Dejémoslo como estaba, sale el 4 de noviembre de 2026 con una portada al óleo de Carle Naide. En ella, Arturo Soria, el urbanista que inventó la Ciudad Lineal, trepa el monolito mientras tres ermitaños lo miran con resignación. Lo presentan el 20 de febrero de 2027 en el Movistar Arena, y después en Valencia, Santiago, Barcelona y Ciudad de México.
El grupo necesitaba su web oficial para el lanzamiento: un sitio que presentara el disco, llevara a la tienda, vendiera la presentación del álbum y recogiera el correo de quien quiera enterarse de lo siguiente. Su público no es de webs: los sigue en X, en los conciertos y en el barrio, y se sabe las bromas. La web solo merecía la pena si se compartía como se comparte un buen tuit. Por eso planteamos lo contrario de una web de grupo: nada de secciones de «biografía» y «noticias», sino la portada del disco convertida en un sitio que se recorre de arriba abajo.
Que entrar en la web fuera meterse en la portada, no leer sobre ella.
La portada no ilustra la web: es la web. Cada tramo del recorrido es una parte del cuadro de Naide.
Merch en Balaunka y entradas del Arena, pero dentro de la historia: un tenderete en una cueva, no una rejilla de productos.
Discos, conciertos, vinilos: lo que venga se anuncia después, así que la web tiene que guardar el correo de quien quiera enterarse antes que nadie.
El monolito, el bestiario, Tolkien, Ciudad Lineal y su forma de hablar. Nada de lenguaje de agencia.
En la portada, un anciano «desfallecido a la par que desafiante» se agarra al monolito. Nos hicimos una pregunta: ¿y si el visitante subiera con él? El recorrido entero es una cámara que se mueve por un único cuadro, en ocho capítulos y un final que lo devuelve todo a su sitio, como dice el título del disco. El índice lateral tampoco es un menú: es el propio monolito, que se llena según subes y se vacía al bajar. Cada capítulo entra con su intertítulo, como en un libro.
Una ilustración plana encima de un fondo animado no habría estado a la altura del cuadro de Naide. Así que la escena se dibuja primero en crudo, con formas lisas y una cámara que la recorre, y en cada fotograma un shader de WebGL2 la vuelve a pintar a pinceladas. Las pinceladas van por capas, siguen la forma de lo que pintan, suben en vertical en el cielo y se tumban en el llano, con empaste y relieve de verdad. Tu cursor es una vela: ilumina el relieve y deja una estela que se apaga sola, como estaba. Arrastra la línea para ver la escena antes y después del pincel.


La web se escribió con banda sonora propia, sin un solo archivo de audio: un post-punk que el navegador compone en directo, si menor, 150 BPM, Si menor, Sol, Re, La. Lleva un bajo agudo y melódico a lo Peter Hook, una guitarra de cuerda pulsada con chorus y eco y un sinte «marciano» que se arrastra entre notas. Cada capítulo tiene su partitura escrita compás a compás. Y lo importante: el cuadro baila con ella. El bombo hace latir el sol y temblar la lava, la caja suelta chispas, los monjes asienten a negras y los murciélagos aletean a tiempo. En la versión publicada el grupo prefirió el cuadro en silencio: la partitura ya no se oye, pero sigue marcando el pulso de todo lo que se mueve. Aquí abajo puedes escucharla.
Solo bajo y charles: se sale del metro de noche.
Capturas reales de la web. Al lado de cada una, la idea y lo que la hace funcionar.

Una de las láminas del bestiario del grupo, la de «Arturo Soria», hecha pixel art: un hombre a lomos de un carnero con el monolito en alto, fuego de escenario y público con mecheros. El contador no dice «cargando»: dice «caldeando el ambiente». Dura tres segundos y medio la primera vez, la mitad si vuelves. Luego el negro se deshace en trama.

El disco se abre como una carpeta, y a la izquierda de la portada está la contraportada: la boca de metro de Ciudad Lineal, con su templete de hierro, el farol y las latas en el llano. La web empieza ahí, con la carpeta entera, y la cámara cruza el llano hasta el monolito. Los textos no flotan en HTML encima de la pintura: se maquetan dentro del cuadro y el pincel les da cuerpo.

El personaje está sacado de la ficha del cuadro: calvo, bigote blanco, ojos saltones, costillas marcadas. Se esculpe como un relieve, se pinta a pinceladas y escala de verdad. Cada mano y cada pie pasan tres cuartos del ciclo agarrados a la piedra, y si subes deprisa, él también. Si bajas, desciende. Si te paras, te habla.

Arriba, el travesaño del monolito se alarga hasta ser la Ciudad Lineal, y Soria la recorre trazándola con una brocha. De ella cuelgan once papiros que se desenrollan a su paso. Cada uno lleva el título de su canción y su lámina del «Bestiario Alcalá Norte», escaneada del cuaderno del grupo y pasada a tinta. El grupo eligió qué dibujo iba con cada tema.

Desde lo alto del monolito se ve Barad-Dûr, y aparece el disco: la carpeta y el vinilo splatter girando, con la inscripción oficial de la tirada alrededor. Es la edición de 1.001 copias, una sola dorada y marmolada, y ya agotada. Se cuenta como un objeto, no como una ficha de producto.

Para ir de la cima a la tienda no hay corte: el Ojo de la torre despierta y la cámara se lanza contra él hasta colarse por la pupila. Todo se funde a negro, suben chispas y, al otro lado, aparece una cueva vista desde abajo. Es un túnel en 3D con luz de hoguera y cuatro antorchas, pintado con el mismo pincel que el resto.

En la cueva espera un orco vestido con el merch del grupo, que pregona como en el mercadillo y te enseña el puesto. La tienda es una mesa de madera castigada, con quemaduras y cercos de cerveza, vista desde arriba. El merch está dibujado como objetos, con los estampados reales y su etiqueta de cartón a rotulador. Cada pieza enlaza a su ficha en Balaunka. Al final, «toda la tienda» es una tiendecita de juguete.

El Arena es el mayor concierto de su carrera, y era el único momento que pedía algo espectacular. Detrás de la torre hay un volcán dormido desde la cima. Al llegar, revienta justo en el primer compás de la sección, sincronizado con la partitura: el bombo levanta la fuente de lava, la caja lanza bombas y los platos, rayos. Salen los cinco miembros en pixel art, cada uno sacado de las fotos de prensa, y el cantante los presenta como en un concierto.

La banda se va andando a la furgo y entra el mánager, en pixel art y con su ropa de verdad. Cava junto al volcán al ritmo del scroll, abre un cofre con luz dorada y saca un mapa plegado que se despliega en 3D, panel a panel, hasta quedar en su sitio. El mapa está hecho con geografía real (costas, ríos y relieve) y nombres a lo Tolkien: Madrid es el Monte del Destino. Cada plaza tiene su punto rojo y su fecha: Madrid, Valencia, Santiago, Barcelona y Ciudad de México. No inventamos ninguna.

La captación de correos vuelve a la boca de metro. Allí, un mago en su trono mira el palantír, verde amarillento con pinceladas turquesa y la torre al fondo. El formulario es un «contrato de aviso» para enterarse antes que nadie de discos, conciertos y vinilos, con sus cláusulas, y la letra pequeña es la protección de datos de verdad, legible y sin trampas. Se firma con la huella. Al cerrar el trato, la piedra se enciende, el mago alza las manos y te entrega tu copia del contrato, con tu número de firmante, lista para compartir en stories.



En vertical la cámara recompone cada plano: el cráter sube al quinto superior, la banda baja a ras de suelo y los bocadillos salen de uno en uno. La escena se mide con la altura real de Safari, con y sin barra, para que la letra pintada no se estire. Abajo, una barra de capítulos como la de una app deja saltar de tramo con el pulgar.
Ninguna es un efecto. Cada una traduce algo del grupo a una regla de la web.
Es su logo, su origen y su nombre. Todo parte de él: el recorrido lo trepa, el índice lo rellena y hasta la rosa de los vientos del mapa marca el norte con él.
Bajar la página es subir por el cuadro. Una sola cámara en un solo mundo: no hay cortes de sección, solo planos que se encadenan.
Todo pasa por el mismo pincel, también la letra. Los botones son de pan de oro con bisel, los papeles tienen el canto roto y las fotos del merch se funden en el papel.
La partitura está escrita por capítulos, y sus golpes mueven la escena: el sol, la lava, los monjes y los murciélagos. Aunque la web publicada calla, todo sigue a compás.
La banda, el mánager y su gente, en pixel art y fieles a sus fotos. Los bocadillos hablan como ellos: el dedito, los gritos en mayúsculas, el «¿eres jevi?».
Tienda, entradas y correos, cada uno con su escena: el tenderete del orco, las fechas del mapa y el contrato del mago. Ninguno saca al visitante de la historia.
Cada versión se publicó en su propio enlace para que el grupo la viera en el móvil. Lo que no les convencía se rehacía. Así fue creciendo el cuadro.
No le hicimos una web a Alcalá Norte: le abrimos la portada. El cuadro de Carle Naide ya contaba la historia, un viejo trepando un monolito mientras tres ermitaños lo miran, y lo único que hicimos fue dejar subir al visitante con él. Al final, como dice el disco, todo vuelve a quedar como estaba.