Alba Pérez es un stand de joyería en el pasillo de la planta 0 de Baricentro: sin puerta, sin escaparate, con piezas de 15 a 40 € y un 4,5 en Google. El encargo era una tienda online que pudiera colgarse en cualquier escaparate de diseño sin perder una venta. Primero la web aprendió a explicar las joyas como lo hacen sus dependientas; después, cuando la clienta pidió una portada más limpia y pensada para vender, le dimos el escaparate que el stand no tiene: las joyas que más se regalan, en un muro que se arrastra, con la de delante bajo un foco.
Lo que sigue es el proyecto abierto en canal: qué se pedía, qué dicen de la tienda setenta y una personas, las cinco portadas que hubo antes de esta, cómo se encuadra una foto sin tocarla, cómo está hecho el escaparate capa a capa y qué hace cada pieza de la web. En orden, y con los números que se pueden comprobar.
Alba Pérez vende plata de ley 925 con punzón, acero y baño de oro en un stand del pasillo central de un centro comercial. Su web vivía en Webflow como un catálogo más: la pieza perdida en el fondo de la foto, el precio escondido y ni rastro de lo que mejor hace la tienda, que es atender. El objetivo tenía dos mitades que casi siempre se estorban: una web a la altura de un premio de diseño y una tienda que no pierda una venta. Y a mitad de camino, una tercera: la portada tenía que vender — menos texto, las joyas delante y el catálogo a un gesto.
Es una joyería: el producto tiene que verse.
El color que ve la clienta es el color que recibe. Ni filtros ni desaturación: cada retoque es una devolución esperando.
Productos, precios y fotos se siguen gestionando desde Shopify, sin pedir ayuda a nadie. No negociable.
Antes de tocar nada, las URLs indexadas y su posición de partida; cada ruta vieja, con su redirección uno a uno.
Ni medidas en milímetros sin el dato de la tienda, ni frases en boca de nadie, ni valoraciones autoinyectadas en Google.
La web vieja hablaba de la plata. Las clientas, no: hablan de regalar, de las dependientas y del precio. Leímos la ficha de Google entera y contamos de qué habla la gente cuando le pone nota a la tienda. De ahí salió el orden de la página, y dos hallazgos que no estaban en ninguna parte de la web: la tienda graba con láser, y las dos únicas reseñas malas de 71 son por cambiar una talla.
Antes del escaparate hubo cinco portadas completas, funcionando. Cuatro se descartaron, y cada una dejó una regla; la quinta, la etiqueta, funcionaba como página de marca, pero la clienta pidió una home para vender. La de ahora cumple todas esas reglas sin excepción. Es la parte del trabajo que no se ve, y la que más pesa en lo que sí se ve.
La quinta portada se decidió igual que el resto: con todas las opciones en vivo, una al lado de otra, y cambiando una sola cosa cada vez. Cinco ideas, cinco variantes de la ganadora, cuatro pastillas y cuatro etiquetas.
El archivo de Alba Pérez son 84 fotografías de 720 × 1080 de dos sesiones: unas sobre papel neutro, otras sobre rosa, lila y tierra. En casi todas la joya ocupa una esquina del fotograma: una rejilla hecha con ellas tal cual es una cuadrícula de campos de color con una mota de plata dentro. Retocarlas estaba prohibido, así que un script encuentra la pieza en cada foto y devuelve tres números — el centro y el acercamiento — que se escriben en el HTML. La fotografía llega intacta; lo único que cambia es el marco.
Las esquinas se leen en vivo de la foto que ves. Ninguno de estos fondos es plano: es un ciclorama con caída de luz, así que se modela como un degradado entre las cuatro esquinas, y la plata especular sobre blanco se separa también por el gradiente de luminancia, no solo por el color.
La portada que vende es un muro curvo con las nueve joyas que más se regalan, dibujado a mano en WebGL: ni una librería 3D ni un vídeo. Cada joya es un plano con la misma ventana 2:3 y el mismo encuadre del resto del sitio, y encima van cinco capas que convierten un carrusel en un escaparate. Apágalas una a una: es la forma más rápida de ver qué hace cada una. La fotografía no está en ninguna capa: ninguna la toca.
El haz se calcula del rectángulo que ocupa la pieza en pantalla, así que la envuelve con su margen en cualquier ventana, y la escena se apaga hacia los lados de forma orgánica. La luz cae en el fondo, nunca sobre la foto.
Cada pieza tiene su sombra de contacto y su reflejo sobre el mostrador, los dos difuminados con la distancia. Sin esa capa, flotan.
Las demás se desenfocan de verdad —siete muestras por píxel— y se apagan un punto. Es lo que hace que la de delante resalte sin subirle el brillo.
Al tirar, las piezas de fuera se retrasan y se hunden un poco, y encajan con un muelle. El movimiento se lee como masa, no como animación.
Todo se pinta primero a una textura y encima pasa un cristal: curva un poco lo que hay detrás y separa los colores en los bordes solo mientras algo se mueve.
Hubo una versión con reflejos lechosos en el cristal. Enturbiaba las joyas, que es justo lo que no puede pasar en una joyería, y se sustituyó por estructura: el canto del mostrador y un charco de luz.
La lección de la segunda versión fue que un efecto repartido sobre veinte fotos es papilla. Así que la única pieza con un efecto de verdad está donde no hay ninguna fotografía debajo: tres anillos que no son fotos, sino un degradado cónico de 48 paradas en el que cada parada es la luz en ese ángulo. Al pasar el tiempo, la plata se oscurece, el baño se aclara por el roce y el acero casi no se entera. Ninguno se pone por encima de otro: venden los tres, y cada uno es para una cosa.
La luz, vuelta a vuelta. Cada parada del degradado es la luz del anillo en ese ángulo: dos lóbulos especulares opuestos, que es como brilla un anillo pulido bajo una ventana. Cada metal llega a su edad con su masa — la plata, más densa, se retrasa; el acero llega antes. El peso se percibe, no se lee.
Capturas reales de la web nueva. Al lado de cada una, la decisión y lo que la sostiene por dentro.
La home era una página de marca; ahora abre con lo que más se regala. Un muro curvo que se arrastra, la pieza de delante enfocada y bajo la luz, y el H1 que dice qué es y dónde: «Joyería de plata en Baricentro».
La pieza que entra en el foco trae su ficha: nombre, precio, el de antes tachado, «Ver la joya» y «Añadir». Y al pulsar la joya de delante, la vitrina se abre sobre ella antes de llevarte a su página.
Bajo el escaparate, una cinta contesta las objeciones antes de pedir un euro —punzón, grabado, envío, recogida y nota— y cuatro tarjetas llevan a cada familia. La foto de cada tarjeta es una pieza real, con su encuadre.
El motivo de compra de la tienda no es el material: es el regalo. Así que la tira sigue ese orden, con nombre y precio en cada pieza y el mismo passe-partout que hace que una foto rosa y otra lila parezcan del mismo álbum.
Quien regala no conoce el producto: conoce a la persona y el bolsillo. Cuatro tramos de precio que filtran de verdad la rejilla. Un eje se usa; tres se abandonan.
La tienda graba con láser y no lo decía en ninguna parte: salió de leer las reseñas. Ahora tiene su propio bloque en la portada —el único oscuro de la página— con la foto real del stand, que es lo que hace que lo reconozcas al pasar.
Las dos reseñas malas eran por la talla, así que cada familia trae su guía: la talla en anillos, el largo en colgantes, el cierre en pendientes. En anillos, la regla se calibra apoyando una tarjeta bancaria — 85,60 mm, un estándar, no un dato inventado — y desde ahí mide de verdad. Nada sale del navegador.
A 15-40 € la pieza, el envío gratis en 60 es la palanca de ticket medio más directa. La barra enseña cuánto falta y debajo solo aparecen las piezas que de verdad acercan al umbral. Y se elige en el mismo sitio: a casa, o recoger en el stand de la planta 0.
El regalo se busca con el teléfono en la mano, muchas veces a última hora. En 390 píxeles la joya del escaparate ocupa casi todo el ancho y se arrastra con el dedo, las categorías quedan a un pulgar, y en la ficha el precio y «Añadir a la cesta» se quedan fijos abajo.



Ninguna es un efecto: cada una traduce algo de la tienda, o de quien compra en ella, a una regla que el código cumple.
Ni filtro, ni desaturación, ni veladura, tampoco en WebGL: el foco del escaparate ilumina la escena y el paspartú, nunca la foto. El color que ve la clienta es el que recibe.
La interfaz es tinta y papel. Todo el color viene de las fotos, así que el rosa de una sesión y el lila de otra no tienen contra qué chocar. El único color funcional es el verde de «abierto».
«Joyería de plata en Baricentro.» Las grandes marcas del sector no lo necesitan: ya las buscan por su nombre. Una joyería de centro comercial, sí: su tráfico es «joyería Baricentro», no «Alba Pérez». La frase de la casa baja a la línea de apoyo.
Sin milímetros hasta que la tienda dé las medidas, sin frases atribuidas a nadie, y la nota de Google como texto visible y atribuido, nunca como marcado autoservido.
Cada muelle integra con su tiempo real: sin él, en un móvil de 120 Hz el escaparate encajaría al doble de rápido. Y cada bucle se duerme cuando su pieza sale de pantalla.
Punto verde si está abierta ahora mismo, la planta y el teléfono siempre visibles, WhatsApp a mano y la foto real del stand: la que hace que lo reconozcas al pasar.
Primero leer, después descartar, construir, y volver a la portada cuando la clienta pidió que vendiera. Cada fase cerró algo que condicionaba a la siguiente.
Alba Pérez no necesitaba una tienda más bonita: necesitaba que la web hiciera lo que hacen sus dependientas —coger la pieza, acercártela y contarte qué te llevas— y que la portada vendiera. Por el camino quedaron cinco portadas y una regla que no se ha movido: la foto no se toca; el marco y la luz, sí.